
Es la pasión que supone un viaje magnífico, nos descubrimos nosotros mismos, y aunque no nos guste, es nuestro propio rostro el que encontramos.
Y esto a lo que nos negamos, por esas costumbres de buenas señoritas, para ser buenas señoras, ser reconocidas respetadas y bien vistas,... son un corsé que cada día nos tiran más las cintas y nos dejan sin aire.
La pasión gana la pulseada, siempre.
Y nos desatamos el pelo, y abrazamos con fuerza y nos hundimos en bocas, y nos despertamos felices en una cama ajena con sábanas húmedas y revueltas, después de desatar mil batallas nocturnas, y un día de lluvia es una fiesta y no es más un caos, y el día es bello y nosotros, indiferentes al que dirán, que nada aporta.
La pasión, ésta que brota, y nos rompe reglas hasta las mas intituídas, es el motor, del noble caballero, o del asesino que nos apuñala por la espalda.
Y aunque los resultados sean distintos, esa pasión los entremezcla igual que en una vidriera de mercado donde se ve finísima platería junto a un enano de jardín.
Ambos en un punto, están juntos en la vidriera de los cambalaches.
Y nos transformamos mágicamente en inocentes y en culpables, en víctimas o verdugos.
Pero, por esa abrumadora pasión, nos conocemos como somos, y aunque nos tome mal parados, tambaleando sostenidos por pocas cosas y efímeras....
Es probable que descubramos que no somos, quien creíamos ser,... una vez más irónicamente nos cambiaron el espejo, mientras distraidos vivimos con un desconocido en nuestro propio cuerpo.
Y cuando quedamos a solas, cerramos los ojos, y la pasión nos murmura al oído, que cuando sea imprescindible volver, ella es el camino.
Así sea, efímera, tanto o más escurridiza que la mismísima felicidad.